lunes, 26 de julio de 2010

Y un día las flores se acabaron


Hacía un mes que casi no salía de su casa, cada tres o cuatro días iba hasta el almacén de la esquina a comprar lo indispensable, el mundo le pasaba por al lado y ni se enteraba, ya no prendía la radio, sólo miraba por la ventana y ponía su canción preferida, nunca repasó los muebles, abandonó su trabajo a pesar de la licencia que le dieron, no recibía ni a amigos ni a familiares. Ese día decidió ir por segunda vez al cementerio, a llevarle flores por primera vez. Bajó las escaleras mientras se ponía el saco, llovía, no encontró ningún negocio abierto, ni flores, pasó por tres plazas para llevarse algunas, no encontró, se alejó hacia los suburbios para ver si podía encontrarlas en algún jardín, tampoco. Luego de horas y horas de buscar una mísera flor se fue al cementerio con las manos vacías. Ese 26 de julio hacía un mes que su esposa había muerto. No había flores para llevarle.

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